25 de Julio
El día de ayer salí de los Estados Unidos a las cuatro de la mañana. La madrugada estaba tibia (es verano en el hemisferio boreal) y por eso no había necesidad de abrigarse, pero mi madre me dijo que debía llevar un abrigo porque en la madre patria era invierno. De repente me puse a pensar en todos los inviernos limeños que había pasado en mi vida, tan diferentes de los inviernos de Nueva Inglaterra. En Connecticut el invierno es hermoso pero peligroso. La nieve le da un aspecto inmaculado a la tierra, pero para transportarse en aquella acumulación de tierra suele ser peligroso. En cambio, según recuerdo, los inviernos limeños afean un poco la ciudad, pero invitan a la introspección, al pensamiento existencial, a toda clase de conjeturas sobre la vida. Es un invierno moderadamente pasable y, si uno es cauto, puede incluso hasta disfrutarlo. Bueno pues, ahí estaba yo con toda mi familia alistándonos para regresar a la querida patria. La sala estaba hecha un desastre: las maletas lo habían inundado todo y para colmo todos estábamos nerviosos (incluso mi paciente padre). La movilidad ya nos estaba esperando para ir al aeropuerto, pero mi madre se resistía ya que habíamos citado al chófer a las 4 y aun eran las tres y media. Seguramente mi madre quería cerciorarse de que todos sus cachivaches estaban en las maletas correspondientes. Anyway, la cosa es que a las cuatro estábamos listos para dejar la tierra del tío Sam por aproximadamente un mes.
En la oscura carretera tuve la sensación de que estaba dejando mi segundo país para siempre, que después de cinco años mi padre había decido que era necesario reencontrar nuestras raíces peruanas. Lo imaginé así y comencé a ver por última vez el paisaje de aquel pequeño y tranquilo pueblo llamado New Milford. Lo vi tan diferente. En medio de su soledad oscura, sus casas, sus tiendas, sus montes y sus árboles me despedían para siempre. “Adiós, mi querido amigo Dennis. Fue un placer tenerte aquí y espero que nos recuerdes con cariño.” Si esta era la última vez que veía a New Milford, pensé, entonces creo que es una buena despedida. Sin embargo algo me hizo recordar que tenía que regresar y que volvería a ver los mismos arboles, las mismas casas y los mismos montes otra vez. Así es la vida.
Para no aburrirles (je, je, je pues como que yo también me estoy aburriendo) les diré que no hay mucho que relatar sobre el aeropuerto JFK. Si ya han viajado en avión sabrán lo molestoso que es transportarse por esa vía: registrar las maletas, registrar tu vuelo, ser revisado en el check point y finalmente abordar el avión; luego, esperar que todos los pasajeros acomoden sus maletas, escuchar a las aeromozas dar las instrucciones de seguridad y finalmente esperar que el avión despegue. Creo que eso es lo único emocionante de viajar en avión: ver cómo despega el bendito aparato. Después como que la emoción se te va y ya no te sorprende estar a nosecuantos pies de altura. Peor aún, a veces me da la paranoia de imaginarme que el avión se va en picada.
El piloto: señores pasajeros les pido por favor que se agarren bien porque nos vamos todos pa el carajo
En fin, tuve que repetir aquella rutina por segunda vez porque para llegar al Perú pues mi vuelo hacía escala en Panamá. Lo que sí me sorprende, y que recién me he dado cuenta, es que en Estados Unidos la gente no aplaude cuando el avión tiene un aterrizaje perfecto. En cambio nosotros, los peruanos, aplaudimos cuando el avión aterriza en una sola pieza. Nos emocionamos como si el piloto nos haya salvado la vida. Creo que así revaloramos la ardua labor del piloto.
La reunión con la familia en el aeropuerto fue relativamente emocionante. Esta vez mi tía no lloró como las dos últimas ocasiones. Vi a mi tío Julio y a mi primo Jeremy. También vi a un señor desconocido, que según decía era un amigo de la familia. Lamentablemente no lo saludé. Una vez ya en las afueras de aeropuerto Lima, me sorprendió la frescura del ambiente. “Así que este es el invierno” me dije. No quiero minimizar el invierno limeño pero creo que no estaba tan frío como mis amigos me habían dicho. Tal vez era una noche menos fría de lo normal.
Aparte de haber traído su carro, mi tío había contratado una combi para transportarnos a la casa. Yo opté por ir con él, mis dos primos y mi hermano menor. El resto de la familia se fue en la combi. La avenida Faucett no había cambiado desde la última vez que la vi. Solo había más carteles publicitarios. Todo estaba bien hasta que mi tío me dijo que tuviera cuidado de los marcas. Me había avisado que me fijara si algún carro nos seguía. Yo ya había leído sobre los marcas en los periódicos, pero pensé que exageraban y que solo robaban fuertes cantidades de dinero. No le dije nada dado que él era el experto en asuntos de seguridad así que me fijé que ningún carro nos seguía. La empresa era difícil porque estábamos de noche y esto dificultaba la identificación apropiada de algún carro sospecho. Bueno, me dije, no creo que el asalto sea tan traumático. Cuando llegamos a la casa lo primero que hice fue buscar a mi abuelita. Felizmente que no estaba durmiendo así que la abracé fuertemente y le di muchos besitos. Después de todo ella era la matriarca de la dinastía Zavala.Después de los besos tuve que esperar a la familia. Para pasar el rato me puse a conversar de política con mi tío.
Con toda la familia reunida, nos dispusimos a celebrar el reencuentro. Y para eso mi tía propuso ir a comer pollo a la brasa. Pero ya estábamos muy de noche así que optamos por mandar a mi tío y mi hermano mayor a comprar el delicioso pollo solo para llevar. Cuando el pollo llegó todo fue alegría y felicidad. ¡Urra! Por fin iba a comer el verdadero pollo a la brasa. Lo siento amigos gringos el pollo a la brasa peruano que comen en Estados Unidos no es el verdadero. No es lo mismo queridos amigos. Si alguno dice que lo es pues está mintiendo. ¡La verdadera comida peruana se come en el Perú!
One hour later… ya toda la familia estaba satisfecha del banquetón que nos habíamos comido. Como es tradicional, nos pusimos a conversar un poco sobre la vida. No quiero ser meticuloso en este aspecto ya que muchas cosas que hablamos no son de dominio público, pero quiero decirles que me sentí contento de hablar otra vez en español. O sea con otras personas a parte de mi familia nuclear. Para mí no es lo mismo hablar español en Estados Unidos que en Perú. En gringolandia muchas veces tengo que hablar un español estándar para hacerme entender con otros hispanohablantes y con personas que están aprendiendo el idioma. En cambio me siento más liberado al hablar con las jergas, el dejo y el tono del típico de un peruano(más especifico del limeño barrunto.
Para terminar quiero decirles que me sentí contento por la primera gran noche. Aunque un sentimiento de melancolía me había invadido al ver la casa mía nuevamente, me sentí regocijado por estar de nuevo en mi patria. Ya contaré más detalles sobre mis experiencias e impresiones de este viaje. Espero no haberles aburrido…
Ahora pues ya es de mañana y tengo mucho por hacer.
Post data: Ahora el pan está cinco por un sol!
No comments:
Post a Comment