Monday, April 2, 2012

Gracias Charles Bukowski

¡Maldita frustración! ¿Qué hacer cuando no puedes escribir? ¿Cuando no tienes ganas de leer? ¿Cuando ves a tus amigos progresar, mientras te hundes en el abismo del fracaso? Quieres gritar, pero es de noche y muy probable que los vecinos llamen a la policía. Quieres correr pero hace frío y tienes miedo de morir de hipotermia. A la luz del computador, en tu cuarto oscuro y con solo la melodía de las teclas(porque estas tecleando palabras inventadas), sientes un miedo que te hace temblar desde lo más profundo de tu corazón y sientes en tus manos esa frustración de no haber hecho nada en tu vida.
Entras al internet y encuentras a un amigo y le dices tu problema. Te manda un poema de Charles Bukowski para que te sientas mejor y lo lees y por unos segundos tu tembladera se calma, pero aún no es suficiente: fue apenas un analgésico, el dolor de muela te sigue jodiendo y no tienes plata para irte a un dentista y sacártela. ¿Qué hacer?  Intentas leer pero tienes sueño. ¡Maldita sea! Váyanse todos a la mierda! Gritas en tu mente. En la sala de tu casa, caminas en circulo. Tu madre te mira y tú te detienes. Le quieres contar pero no puedes. Temes que se traume. Es mejor no angustiar a la viejita con tus nimios problemas.
Pero relees el poema y una frase ilumina tu mente, ““Y si tienes capacidad de amar /ámate a ti mismo primero /pero siempre sé consciente de la posibilidad de la total derrota, /ya sea por buenas o malas razones.” Y te acuerdas de que escribir es amarse a si mismo y eso haces. Escribes y escribes todas tus frustraciones con la esperanza de que te van a leer una considerable cantidad de personas. Te sientes mejor. Aunque es por pura vanidad(pero qué escritor no es vanidoso, recuerden “amate a ti mismo”) sabes que te va a leer aunque sea uno. Lo haces y gracias a Dios ya te sientes mejor. Gracias, Charles Bukowski. 

Monday, March 19, 2012

Subterranean Homesick Peruvian


I.               Subterranean Homesick Peruvian

El aire acondicionado se apagó de pronto y el silencio invadió el cuarto de Daniel. Su familia se había ido de vacaciones al Perú y él, por mantener el trabajo conseguido la semana pasada, no había viajado. Así aprendería a vivir sólo por un mes, así experimentaría la vida independiente, esa vida que debía tenerla ya a sus veinticuatro años. Daniel fue a indagar si sólo en su cuarto no había electricidad. Sucedía que a veces los aparatos electrónicos se apagaban de pronto por su uso excesivo, y para restablecerla, Daniel soló necesitaba ir a la caja de los fusibles de la cocina, en el primer piso, y verificar si los switches estaban en el lugar correcto. Bajó confiado, pero no, todos los switches estaban en on. Daniel tardó un poco en darse cuenta de que toda la casa se había quedado sin electricidad.

Mientras miraba como el sol del mediodía fundía las copas de los arboles, transformándolos en un mar verdoso, Daniel se acordó de que el día anterior habían aconsejado, en la televisión, tomar precauciones por la ola de calor que se avecinaba, que  iba a durar todo el fin de semana. No le tomó importancia. Estaba seguro que con el aire acondicionado prendido todo el día podía sobrevivir el calor intenso. No contaba que Nueva Inglaterra, un territorio de más de catorce millones de habitantes, se le ocurriría prender todos los aires acondicionados y los ventiladores al mismo tiempo. No se le ocurrió que un corto circuito atacaría todo el vecindario.

“Llenaré la tina con agua—pensó— y con eso me refrescaré”. Daniel estaba terriblemente equivocado. Al girar la llave, un chorro de agua caliente salió por unos diez segundos, luego, apenas, unas gotas y, finalmente, sólo se escuchó el sonido sordo del vacío. Intentó con el  grifo del lavadero y luego con el lavaplatos... absolutamente nada. Esta vez, desde la ventana del baño, observó los montes que rodeaban nuevo Mílford, un pueblo donde no pasaba absolutamente nada. El río Housatonic lo partía en dos en su ruta hacía el océano atlántico.  Ese río era el culpable de los veranos insoportables, de los viejitos muertos de insolación, de los trágicos amores contrariados. El pueblo estaba rodeado por montañas y el viento no era lo suficientemente fuerte para expulsar la humedad acumulada por la evaporación del río. Todo el calor se estancaba.  

Daniel se preguntó cómo los primeros colonos sobrevivieron a estos veranos inclementes. ¿Se refrescaban con abanico inmensos? ¿Se sumergían todo el día en el río o simplemente soportaban el calor  en sus trajes de peregrinos? No había forma de saberlo, todos estaban muertos.

Si Daniel moría no iba a ser por culpa de la madre naturaleza, sino por su estupidez. En la refrigeradora sólo había media botella de agua tibia, un cuarto de zanahoria seca y una bolsa de pan de molde vacía. Pudo haber comprado agua embotellada el día anterior, pudo haberla acumulada en bidones, pudo haber preparado cubitos de hielo, pero el estúpido de Daniel vio una porno y, luego de dos pajazos al hilo, se echó a contemplar los arboles desde la ventana. La vida era una mierda y  los gringos más mierdas todavía. Perú, Valentina y Argentina estaban muy lejos; la felicidad más lejos aún; y el suicidio, demasiado cerca.

Al final se terminó tomando la botella de agua tibia.

En un acto desesperado comenzó a golpearse la cabeza contra la puerta del refrigerador. “¡Estúpido, estúpido, estúpido!” La única solución sensata era pedir un poco de agua a los vecinos, pero no se hablaba con ninguno. Los conocía de cara, pero ni les saludaba. Su excusa era que la frígida cultura anglosajona combinada con la posmodernidad desproveía al ciudadano estadounidense de la capacidad para socializar, y por lo tanto, él tampoco podía hacerlo. En sus cinco años nunca había visto una actividad deportiva en el condominio, jamás una celebración comunitaria. La vida  para Daniel era muy solitaria, por no decir: ¡una mierda!

Lo que hizo Daniel fue esperar a que la electricidad volviera. Cualquier persona interpretaría esto como haraganería, cómo un suicidio con poca imaginación, pero para Daniel era  el triunfo de la paciencia sobre la desesperación. Además, había crecido en una tierra caliente, casi caribeña, y por lo tanto, ya estaba acostumbrado a los veranos sofocantes. “Resistiré este calor… Este calor no me matará así no más,” Concluyó silenciosamente, meciéndose en su sillón reclinable. Se quedó dormido.

Al despertar de su pesadilla diaria (Valentina hablando y hablando con su acento argentino) la noción del tiempo le era difusa. Podría haber pasado una hora, tres o un día entero. La única certeza que tenía era que estaba empapado de sudor.

Por la ventana de su cuarto divisó por tercera vez el mar verdoso de Nuevo Mílford y vio también peces alados que revoloteaban como mariposas, arboles trashumantes que bailaban al compas de un tango muy triste y nubes decapitadas que emigraban al espacio. En esos momentos de irrealidad y desequilibrio mental, escuchó un disparo húmedo. Luego, una voz gruesa y latosa comenzó a gritar pregones apocalípticos: “que el fin del mundo se acerca, que todos deben arrepentirse de sus pecados, que los hispanos nos han invadido, que están jodiendo al país”. Después se escuchó un grito seco. Era una voz distinta, gruesa pero sin eco, que gritaba “Viva la revolución latina, viva la nación hispana, viva los verdaderos americanos.” No faltó mucho para que ambas voces discutieran y se disparasen entre sí.

El silencio llegó después de un tiempo prudente.

Con suma cautela, Daniel se acercó a la ventana y echó un vistazo hacía el pequeño parque del condominio. El viejo veterano de la guerra de Vietnam, que vendía chucherías de segunda mano en la cachina del pueblo, yacía junto al columpio, con su vieja escopeta en su mano derecha y vestido de soldado raso. Su enemigo deliraba a unos diez metros de él. Era el bueno del doctor Félix, el único médico hispano de Nuevo Mílford. Un agujero del tamaño de una naranja le adornaba su camisa blanca. Como ya no había peligro, Daniel se aventuró fuera de su territorio; quería satisfacer su curiosidad impertinente.

Al verse solo entre dos cadáveres, Daniel se preguntó dónde estaban las demás. Pero, al no encontrar respuesta, se sentó en el columpio para cavilar un poco sobre su extraña situación.

Una hora después, cansado ya de columpiarse junto al fallecido veterano—mirando su cómica cara de muerto cada vez el columpio se acercaba al viejo—Daniel decidió explorar el pueblo. Era una decisión imprudente, porque caminar en este calor era temerario, pero Daniel no quería morirse solo. Tal vez todos habían enloquecido, tal vez el pueblo se estaba transformando en el mítico Macondo. ¿Quién decía lo contrario?

Por última vez, Daniel, parado en la entrada del vecindario, contempló su casa que estaba en la cima de una pequeña colina. Los arboles detrás de ella y el mar verdoso que inundaba el cielo la transformaban en una arca vieja y rústica. El fin del mundo estaba cerca.

Para llegar a la calle principal del pueblo sólo debía caminar por la avenida Wellsville, que se transformaba en la calle Railroad, luego doblar a la izquierda, en Broardman Terrace, caminar aproximadamente una décima de milla, y, finalmente, doblar a la derecha. Daniel deseaba encontrar a los vecinos desaparecidos, que seguramente estaban siendo atendidos por la unidad de rescate.

Así se salvaría: rescatado por los imperialistas hijos de puta. 

Wellsville estaba desierta. Después de caminar diez minutos, no había visto ningún carro cruzar por la avenida. Cuando miró hacia el norte: la pista se transformaba en una infinita serpiente negra, y la serpiente se perdía en una manada de árboles frondosos, y los árboles eran engullidos por el cielo.

Ya habían pasado diez minutos y la pista seguía vacía. Solo en ese momento, Daniel se percató de que tampoco veía carros estacionados en los patios de las casas. El pueblo entero se había fugado, en masa, hacía los lagos que circundaban Nuevo Milford. Pero, ¿todos al mismo tiempo?  Es decir, ¿solamente los insensatos, como él, se habían quedado? ¿Acaso estaba destinado a morir solo? Daniel no deseaba morir. Quería vivir aunque su vida era una mierda. Se había enamorado de su mejor amiga (Valentina, la siempre fugitiva Valentina), pero ésta ya había entregado su corazón a un argentino y ahora vivía con él, disfrutando de un melancólico invierno porteño. Daniel también había terminado una carrera mediocre y no sabía qué hacer con ella. Tenía veinticuatro años y no había publicado su gran novela latinoamericana. Se sentía un exiliado, un peruano que ni hablaba bien el inglés y se estaba olvidando de escribir el español. Poseía una vida como para suicidarse. Pero su terror a la muerte podía más que todo el sufrimiento empozado en su alma. Y aquí vino la epifanía. Le tenía miedo a la nada, a la insensibilidad de los sentidos, a la oscuridad perpetua, a la luz incandescente. Porque después de todo, aún podía disfrutar de una buena canción de los Beatles, de una hamburguesa americana, de los pechos cálidos de su nueva amiga inglesa. Le gustaba disfrutar de la primavera de Nueva Inglaterra; ver los arboles renacer; correr entre ellos, aquellos que con sus hojas mortificaban la luz primaveral. Después de tanto dolor, el simple placer le era suficiente para amar la vida. Decidió regresar por aquella serpiente oscurahacia ese mar verdoso, con la certitud de entender el significado de la vida.

Tocó el timbre de la primera casa y esperó el minuto más largo de su vida. Esperó y esperó, abrazando su propio cuerpo, masacrado por el calor infernal. En su delirio, la puerta se movía y su blancura resplandecía intensamente. Cuando el viejo veterano abrió la puerta, Daniel se desmayó.

Al despertar, lo primero que vio fue un montón de cachivaches viejos, de televisores en blanco y negro, de muñecas rusas partidas, de cuadros pintados por fracasados, pero lo que más le fascinó fueron los libros amontonados por toda la casa.

Se levantó y, al acercarse al comedor, encontró al viejo veterano leyendo, en su mecedora,  La guerra perpetua en Afganistán-Crónicas de un fracaso, y junto a él, estaba el doctor Urbina, también sentado en una mecedora.

Por fin has despertado. Has tenido suerte, muchacho, que yo viva aquí. Ahora estas fuera de peligro. Sólo necesitas hidratarte y descansar. Well Mr. Johnson, I have to go. Daniel is alright so he doesn’t need me anymore, but if something happens just call me.

Daniel no pudo despedirse, apenas le agradeció con un gesto de la cabeza. Cuando el doctor Urbina cerró la puerta, Daniel se volvió a echar en el sillón y pretendió dormir.

-       Do you speak English?— el veterano preguntó.

Daniel lo miró…

            - Yes, I can. But I’m a little shy sometimes. Can I have a glass of water? Please.

            -Sure, but drink slowly. 

Daniel se acercó a la cocina, cogió un vaso, lo llenó con agua y lentamente humedeció sus labios. El mar verdoso ya no estaba. El sol se ocultaba detrás de los montes, coloreando el firmamento de un triste color café. 



Wednesday, January 18, 2012

Un día con nieve

Yo sé que me vas a leer porque creo que nuestra relación(no sé como llamarla) es algo fuera de lo común. Sé que me leeras y aún así no te hablaré y tu igual me leeras... así aqui esta el link de mi ultima crónica. Disfrutalo

http://tajo-tajodido.blogspot.com/2012/01/un-dia-con-nieve.html

Monday, August 1, 2011

La mejor novela... la vida



Ayer fue un día de fiesta para mí; me reuní con mis amigos, después de 8 años de no haberlos visto, del colegio Guadalupe (promoción 2003). Primero nos encontramos en la puerta principal del ya decaído colegio y como siempre la gente vino tarde. Se propuso venir a las 9 de la mañana pero la mayoría vino media hora después. No me importó, más bien me sentí un poco más peruano. Cuando llegaron alrededor de diez compañeros decidimos que éramos suficientes para formar dos equipos para la pichanga de fútbol. La mitad de mis amigos se fueron en el carro de Pichilingue y la otra en un taxi, yo me vine en el taxi. En fin, llegamos, dividimos a la gente y jugamos. Entre estos verbos nos cuestionamos los unos a los otros: qué haces por la vida, qué has estudiado, cómo así te fuiste a los Estados Unidos, qué piensas hacer en tu futuro.  La verdad me sentí feliz por enterarme de que muchos de mis amigos habían logrado en sus vidas las metas que se trazaron. También me sentí regocijado por la simple felicidad que me proporcionaba jugar una pichanga de fútbol: Correr, gritar, meter faul, marcar, tapar… hice de todo en aquel partido de mi vida.
Después  del partido nos fuimos a la casa de la mamacita Ayquipa para comer un rico pollo asado. Luego del almuerzo la gente compró tres cajas de cervezas. Les digo que no he tomado tanto desde ese día y, como el alcohol incentiva a la conversación chicharachera y anecdótica,  la reunión se puso más picante y amena. Nos contamos las historias más graciosas, las ocurrencias de algunos de nuestros compañeros y, cuando ya estábamos bien borrachos, cada uno dio un discurso personal, una confesión, prácticamente una declaración de amor para la gente. Todos aplaudieron por cada historia, todos se rieron por cada anécdota, todos escucharon lo que cada quería confesar. Lo que me hace pensar de que hasta cierto punto todo ser humano tiene esa capacidad para contar historias, para utilizar el relato oral como fuente generadora de diversión. Las historias que contamos no solo alegraron la reunión, también nos daban lecciones de la vida: dura, divertida, difícil, encantadora, jodida, amable…  En aquella reunión me reencontré con esa parte de mi vida que me faltaba, que ya no la sentía en años. Ahora ya encontré otra vez el verdadero propósito de la literatura porque ayer escuché la mejor novela de mi vida… 

Friday, July 29, 2011

Maldita bulla


Aquí transmito de un hombre enojado con su patria
Esta queja que hace este hombre es justa y tiene fundamento; no es producto de una alienación. Su queja no debe ser analizada con teorías post modernas ni siquiera con los estudios culturales (que están tan de moda) para explicar su reclamo. Simplemente es una queja de un hombre que está molesto, que tiene el justo derecho de reclamar, de renegar, de maldecir a esos malditos que no le dejaron dormir porque estaban celebrando no se sabe si las fiestas patrias, algún cumpleaños o tal vez un puto aniversario. No interesa. La cosa es que el ruido inconsiderado de sus compatriotas no le dejaron, a ese hombre que le es necesario un descanso pleno y de calidad, dormir. Seguro algunos reclamaran: ¿Es que ya este hombre se acostumbró a la tranquilidad aburrida del primer mundo y ahora desprecia la felicidad incontenible del tercer mundo? ¿Es que ya se le olvidó de ser peruano? ¿Qué se cree hablando así de las expresiones culturales de sus hermanos peruanos? ¡No!  Ese hombre pregunta: ¿Desde cuándo la bulla, la inconsideración, la bruta indiferencia deben ser consideradas como expresiones culturales? ¿Acaso esa gente bullanguera no sabe que el silencio es necesario para la armonía mental? ¿Es que siempre se tiene que ser bullanguero para ser feliz? A ese hombre no le interesa el imperialismo cultural ni el etnocentrismo. Qué no le vengan a palabrear con esas teorías culturales. Él solo quería dormir en paz, soñar bonito y despertar renovado, pero sus inconsiderados compatriotas no le dejaron. Por primera vez desde que llegó aquí el pobre hombre deseó estar en la tranquila y silenciosa tierra del tío Sam.  

Thursday, July 28, 2011

27'-28 de Julio


Lima es como cualquier ciudad moderna del mundo globalizado. Hay lugares paupérrimos, donde la pobreza es deprimente, y lugares elegantísimos obscenos, donde puedes caminar sin temor a ser asaltado de repente. Donde yo vivo la delincuencia es latente, o sea de la nada una bala se te cruza y, si eres salado, te puede atravesar el cerebro.  Así dejé el Callao.  Bueno, exagero un poco porque hay partes en el Callao donde se ve la abundancia económica de la que tanto se habla. Pero lo que más me impacta es la cercanía de estas zonas afortunadas con las menos privilegiadas. Un gran ejemplo es la cercanía del distrito de la Punta, un distrito que está rodeado completamente por el mar y que es considerado como uno de los más afluentes y tranquilos de Lima metropolitana, con el Cercado del Callao, mejor dicho con los barracones del Callao. Para llegar al pacífico distrito de la punta hay que primero pasar por estas coloridas y aglutinadas calles del Callao, por el mercado y por zonas conocidas por ser focos de delincuencia juvenil. El viaje puede ser chocante para el inexperto, para el paranoico, para el pituquito. Pero una vez pasada aquella traumática experiencia el novato viajero comienza a ver las casas limpias y bonitas de La Punta, todas de una arquitectura bella y colonial, incluso sobresalen de lo que se consideran elegantes en Lima. Ya en La Punta el explorador se queda asombrado por la tranquilidad reinante en aquellas calles. Incluso se siente una paz existencial. El mar peruano está allí para lavar con sus olas frías la culpa que la causa la vida tranquila y buena del indiferente. 
Lo mismo pasa si uno se va desde el centro de Lima a San Isidro, del caos vehicular a un orden de primer mundo. No me quejo ni me sorprendo. Toda ciudad grande sufre de esa bipolaridad social. En Nueva York puedes pasear tranquilamente por el Madisson Square, Broodway Blvd, pero si te confundes de tren puedes terminar en una de los barrios más peligroso del mundo. Es la globalización que iguala a todas las ciudades, las del primer mundo y las del tercero. Así que  Lima no debe acomplejarse con Buenos Aires, Bogotá, Nueva York, Barcelona, etc. Se ha vuelto de moda convivir con la miseria y ser indiferente a ella en este mundo moderno.