I. Subterranean Homesick Peruvian
El aire acondicionado se apagó de pronto y el silencio invadió el cuarto de Daniel. Su familia se había ido de vacaciones al Perú y él, por mantener el trabajo conseguido la semana pasada, no había viajado. Así aprendería a vivir sólo por un mes, así experimentaría la vida independiente, esa vida que debía tenerla ya a sus veinticuatro años. Daniel fue a indagar si sólo en su cuarto no había electricidad. Sucedía que a veces los aparatos electrónicos se apagaban de pronto por su uso excesivo, y para restablecerla, Daniel soló necesitaba ir a la caja de los fusibles de la cocina, en el primer piso, y verificar si los switches estaban en el lugar correcto. Bajó confiado, pero no, todos los switches estaban en on. Daniel tardó un poco en darse cuenta de que toda la casa se había quedado sin electricidad.
Mientras miraba como el sol del mediodía fundía las copas de los arboles, transformándolos en un mar verdoso, Daniel se acordó de que el día anterior habían aconsejado, en la televisión, tomar precauciones por la ola de calor que se avecinaba, que iba a durar todo el fin de semana. No le tomó importancia. Estaba seguro que con el aire acondicionado prendido todo el día podía sobrevivir el calor intenso. No contaba que Nueva Inglaterra, un territorio de más de catorce millones de habitantes, se le ocurriría prender todos los aires acondicionados y los ventiladores al mismo tiempo. No se le ocurrió que un corto circuito atacaría todo el vecindario.
“Llenaré la tina con agua—pensó— y con eso me refrescaré”. Daniel estaba terriblemente equivocado. Al girar la llave, un chorro de agua caliente salió por unos diez segundos, luego, apenas, unas gotas y, finalmente, sólo se escuchó el sonido sordo del vacío. Intentó con el grifo del lavadero y luego con el lavaplatos... absolutamente nada. Esta vez, desde la ventana del baño, observó los montes que rodeaban nuevo Mílford, un pueblo donde no pasaba absolutamente nada. El río Housatonic lo partía en dos en su ruta hacía el océano atlántico. Ese río era el culpable de los veranos insoportables, de los viejitos muertos de insolación, de los trágicos amores contrariados. El pueblo estaba rodeado por montañas y el viento no era lo suficientemente fuerte para expulsar la humedad acumulada por la evaporación del río. Todo el calor se estancaba.
Daniel se preguntó cómo los primeros colonos sobrevivieron a estos veranos inclementes. ¿Se refrescaban con abanico inmensos? ¿Se sumergían todo el día en el río o simplemente soportaban el calor en sus trajes de peregrinos? No había forma de saberlo, todos estaban muertos.
Si Daniel moría no iba a ser por culpa de la madre naturaleza, sino por su estupidez. En la refrigeradora sólo había media botella de agua tibia, un cuarto de zanahoria seca y una bolsa de pan de molde vacía. Pudo haber comprado agua embotellada el día anterior, pudo haberla acumulada en bidones, pudo haber preparado cubitos de hielo, pero el estúpido de Daniel vio una porno y, luego de dos pajazos al hilo, se echó a contemplar los arboles desde la ventana. La vida era una mierda y los gringos más mierdas todavía. Perú, Valentina y Argentina estaban muy lejos; la felicidad más lejos aún; y el suicidio, demasiado cerca.
Al final se terminó tomando la botella de agua tibia.
En un acto desesperado comenzó a golpearse la cabeza contra la puerta del refrigerador. “¡Estúpido, estúpido, estúpido!” La única solución sensata era pedir un poco de agua a los vecinos, pero no se hablaba con ninguno. Los conocía de cara, pero ni les saludaba. Su excusa era que la frígida cultura anglosajona combinada con la posmodernidad desproveía al ciudadano estadounidense de la capacidad para socializar, y por lo tanto, él tampoco podía hacerlo. En sus cinco años nunca había visto una actividad deportiva en el condominio, jamás una celebración comunitaria. La vida para Daniel era muy solitaria, por no decir: ¡una mierda!
Lo que hizo Daniel fue esperar a que la electricidad volviera. Cualquier persona interpretaría esto como haraganería, cómo un suicidio con poca imaginación, pero para Daniel era el triunfo de la paciencia sobre la desesperación. Además, había crecido en una tierra caliente, casi caribeña, y por lo tanto, ya estaba acostumbrado a los veranos sofocantes. “Resistiré este calor… Este calor no me matará así no más,” Concluyó silenciosamente, meciéndose en su sillón reclinable. Se quedó dormido.
Al despertar de su pesadilla diaria (Valentina hablando y hablando con su acento argentino) la noción del tiempo le era difusa. Podría haber pasado una hora, tres o un día entero. La única certeza que tenía era que estaba empapado de sudor.
Por la ventana de su cuarto divisó por tercera vez el mar verdoso de Nuevo Mílford y vio también peces alados que revoloteaban como mariposas, arboles trashumantes que bailaban al compas de un tango muy triste y nubes decapitadas que emigraban al espacio. En esos momentos de irrealidad y desequilibrio mental, escuchó un disparo húmedo. Luego, una voz gruesa y latosa comenzó a gritar pregones apocalípticos: “que el fin del mundo se acerca, que todos deben arrepentirse de sus pecados, que los hispanos nos han invadido, que están jodiendo al país”. Después se escuchó un grito seco. Era una voz distinta, gruesa pero sin eco, que gritaba “Viva la revolución latina, viva la nación hispana, viva los verdaderos americanos.” No faltó mucho para que ambas voces discutieran y se disparasen entre sí.
El silencio llegó después de un tiempo prudente.
Con suma cautela, Daniel se acercó a la ventana y echó un vistazo hacía el pequeño parque del condominio. El viejo veterano de la guerra de Vietnam, que vendía chucherías de segunda mano en la cachina del pueblo, yacía junto al columpio, con su vieja escopeta en su mano derecha y vestido de soldado raso. Su enemigo deliraba a unos diez metros de él. Era el bueno del doctor Félix, el único médico hispano de Nuevo Mílford. Un agujero del tamaño de una naranja le adornaba su camisa blanca. Como ya no había peligro, Daniel se aventuró fuera de su territorio; quería satisfacer su curiosidad impertinente.
Al verse solo entre dos cadáveres, Daniel se preguntó dónde estaban las demás. Pero, al no encontrar respuesta, se sentó en el columpio para cavilar un poco sobre su extraña situación.
Una hora después, cansado ya de columpiarse junto al fallecido veterano—mirando su cómica cara de muerto cada vez el columpio se acercaba al viejo—Daniel decidió explorar el pueblo. Era una decisión imprudente, porque caminar en este calor era temerario, pero Daniel no quería morirse solo. Tal vez todos habían enloquecido, tal vez el pueblo se estaba transformando en el mítico Macondo. ¿Quién decía lo contrario?
Por última vez, Daniel, parado en la entrada del vecindario, contempló su casa que estaba en la cima de una pequeña colina. Los arboles detrás de ella y el mar verdoso que inundaba el cielo la transformaban en una arca vieja y rústica. El fin del mundo estaba cerca.
Para llegar a la calle principal del pueblo sólo debía caminar por la avenida Wellsville, que se transformaba en la calle Railroad, luego doblar a la izquierda, en Broardman Terrace, caminar aproximadamente una décima de milla, y, finalmente, doblar a la derecha. Daniel deseaba encontrar a los vecinos desaparecidos, que seguramente estaban siendo atendidos por la unidad de rescate.
Así se salvaría: rescatado por los imperialistas hijos de puta.
Wellsville estaba desierta. Después de caminar diez minutos, no había visto ningún carro cruzar por la avenida. Cuando miró hacia el norte: la pista se transformaba en una infinita serpiente negra, y la serpiente se perdía en una manada de árboles frondosos, y los árboles eran engullidos por el cielo.
Ya habían pasado diez minutos y la pista seguía vacía. Solo en ese momento, Daniel se percató de que tampoco veía carros estacionados en los patios de las casas. El pueblo entero se había fugado, en masa, hacía los lagos que circundaban Nuevo Milford. Pero, ¿todos al mismo tiempo? Es decir, ¿solamente los insensatos, como él, se habían quedado? ¿Acaso estaba destinado a morir solo? Daniel no deseaba morir. Quería vivir aunque su vida era una mierda. Se había enamorado de su mejor amiga (Valentina, la siempre fugitiva Valentina), pero ésta ya había entregado su corazón a un argentino y ahora vivía con él, disfrutando de un melancólico invierno porteño. Daniel también había terminado una carrera mediocre y no sabía qué hacer con ella. Tenía veinticuatro años y no había publicado su gran novela latinoamericana. Se sentía un exiliado, un peruano que ni hablaba bien el inglés y se estaba olvidando de escribir el español. Poseía una vida como para suicidarse. Pero su terror a la muerte podía más que todo el sufrimiento empozado en su alma. Y aquí vino la epifanía. Le tenía miedo a la nada, a la insensibilidad de los sentidos, a la oscuridad perpetua, a la luz incandescente. Porque después de todo, aún podía disfrutar de una buena canción de los Beatles, de una hamburguesa americana, de los pechos cálidos de su nueva amiga inglesa. Le gustaba disfrutar de la primavera de Nueva Inglaterra; ver los arboles renacer; correr entre ellos, aquellos que con sus hojas mortificaban la luz primaveral. Después de tanto dolor, el simple placer le era suficiente para amar la vida. Decidió regresar— por aquella serpiente oscura—hacia ese mar verdoso, con la certitud de entender el significado de la vida.
Tocó el timbre de la primera casa y esperó el minuto más largo de su vida. Esperó y esperó, abrazando su propio cuerpo, masacrado por el calor infernal. En su delirio, la puerta se movía y su blancura resplandecía intensamente. Cuando el viejo veterano abrió la puerta, Daniel se desmayó.
Al despertar, lo primero que vio fue un montón de cachivaches viejos, de televisores en blanco y negro, de muñecas rusas partidas, de cuadros pintados por fracasados, pero lo que más le fascinó fueron los libros amontonados por toda la casa.
Se levantó y, al acercarse al comedor, encontró al viejo veterano leyendo, en su mecedora, La guerra perpetua en Afganistán-Crónicas de un fracaso, y junto a él, estaba el doctor Urbina, también sentado en una mecedora.
—Por fin has despertado. Has tenido suerte, muchacho, que yo viva aquí. Ahora estas fuera de peligro. Sólo necesitas hidratarte y descansar. Well Mr. Johnson, I have to go. Daniel is alright so he doesn’t need me anymore, but if something happens just call me.
Daniel no pudo despedirse, apenas le agradeció con un gesto de la cabeza. Cuando el doctor Urbina cerró la puerta, Daniel se volvió a echar en el sillón y pretendió dormir.
- Do you speak English?— el veterano preguntó.
Daniel lo miró…
- Yes, I can. But I’m a little shy sometimes. Can I have a glass of water? Please.
-Sure, but drink slowly.
Daniel se acercó a la cocina, cogió un vaso, lo llenó con agua y lentamente humedeció sus labios. El mar verdoso ya no estaba. El sol se ocultaba detrás de los montes, coloreando el firmamento de un triste color café.