Ayer fue un día de fiesta para mí; me reuní con mis amigos, después de 8 años de no haberlos visto, del colegio Guadalupe (promoción 2003). Primero nos encontramos en la puerta principal del ya decaído colegio y como siempre la gente vino tarde. Se propuso venir a las 9 de la mañana pero la mayoría vino media hora después. No me importó, más bien me sentí un poco más peruano. Cuando llegaron alrededor de diez compañeros decidimos que éramos suficientes para formar dos equipos para la pichanga de fútbol. La mitad de mis amigos se fueron en el carro de Pichilingue y la otra en un taxi, yo me vine en el taxi. En fin, llegamos, dividimos a la gente y jugamos. Entre estos verbos nos cuestionamos los unos a los otros: qué haces por la vida, qué has estudiado, cómo así te fuiste a los Estados Unidos, qué piensas hacer en tu futuro. La verdad me sentí feliz por enterarme de que muchos de mis amigos habían logrado en sus vidas las metas que se trazaron. También me sentí regocijado por la simple felicidad que me proporcionaba jugar una pichanga de fútbol: Correr, gritar, meter faul, marcar, tapar… hice de todo en aquel partido de mi vida.
Después del partido nos fuimos a la casa de la mamacita Ayquipa para comer un rico pollo asado. Luego del almuerzo la gente compró tres cajas de cervezas. Les digo que no he tomado tanto desde ese día y, como el alcohol incentiva a la conversación chicharachera y anecdótica, la reunión se puso más picante y amena. Nos contamos las historias más graciosas, las ocurrencias de algunos de nuestros compañeros y, cuando ya estábamos bien borrachos, cada uno dio un discurso personal, una confesión, prácticamente una declaración de amor para la gente. Todos aplaudieron por cada historia, todos se rieron por cada anécdota, todos escucharon lo que cada quería confesar. Lo que me hace pensar de que hasta cierto punto todo ser humano tiene esa capacidad para contar historias, para utilizar el relato oral como fuente generadora de diversión. Las historias que contamos no solo alegraron la reunión, también nos daban lecciones de la vida: dura, divertida, difícil, encantadora, jodida, amable… En aquella reunión me reencontré con esa parte de mi vida que me faltaba, que ya no la sentía en años. Ahora ya encontré otra vez el verdadero propósito de la literatura porque ayer escuché la mejor novela de mi vida…
No comments:
Post a Comment